



culminando con el abusador traspasado por el acero de su rival. El herido expiró pocas horas despues.
La impulsividad, aún cuando sea inspirada por la hidalguía, puede tener consecuencias desagradables. La víctima del duelo era persona de cierta influencia política y su ejecutor se vio en la necesidad de buscar refugio en el palacio de su amigo y mentor, Don Pedro Téllez y Girón, Tercer Duque de Osuna. No era ciertamente el primer lance de honor para Francisco de Quevedo, quien había cobrado renombre nacional como espadachín al derrotar y ridiculizar al escritor y maestro esgrimista Don Luís Pacheco de Narváez. No sólo Quevedo le quitó el sombrero a Pacheco de un golpe de su espada, sino que se quedó con él, escribiendo una parodia del duelo en su famosa obra satírica “Vida del Buscón”. La enemistad entre Pacheco y Quevedo duró de por vida.
Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas nació en Madrid en 1580, de una pudiente familia cortesana. Obtuvo su educación elemental en La Escuela Imperial de Madrid, dirigida por sacerdotes Jesuitas y más tarde recibió educación superior en la Universidad de Alcalá de Henares. Estudió con gran éxito filosofía, hebreo, arábigo, italiano y francés. Era poseedor de una cultura vastísima. Madre natura lo bendijo con un intelecto de primera clase y lo castigó con un pie retorcido, una fuerte tendencia a la obesidad y una miopía terrible que compensaba con unas gruesas gafas de aro negro y presilla en la nariz (“pinz-nez”). Las gafas de Quevedo fueron tan notorias que influenciaron la lengua castellana, aceptándose “quevedos” como sinónimo de ellas. Quevedo sufría por sus limitaciones físicas y a causa de ellas era un hombre irascible y taciturno.
Contándose entre los escritores más afamados del llamado Siglo de Oro, prolífico autor de más de 900 poemas y otras muchas obras en prosa, Quevedo gozó de la amistad de otros gigantes del idioma español como Miguel de Cervantes y Lope de Vega, pero fue notorio por sus burlas hacia el dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón y sobre todo por su mutua rivalidad y antipatía con el poeta Luís de Góngora, cuyo prominente apéndice nasal inmortalizara con su famoso soneto “A una nariz”. Quevedo acusó a Góngora de ser mal sacerdote, jugador, poeta sucio y homosexual. Por su parte Góngora se hizo eco de los rumores sobre la afición de Quevedo por prostitutas y tabernas, afirmando que su verdadero apellido era “Que bebo ”.
Hombre de acción, involucrado profundamente en la política de su tiempo y con un concepto casi religioso de la lealtad, Quevedo vio su suerte íntimamente ligada a la de su amigo el Duque de Osuna. Más de una vez esos vaivenes políticos lo hicieron sufrir prisión, exilio y hasta la ojeriza infundada de personajes poderosos como el Conde-Duque de Olivares. A la salida de su último confinamiento en 1643, arruinado su peculio y totalmente devastada su salud, Quevedo buscó descanso de la lid en el convento dominico de Villanueva de los Infantes, donde expiró dos años después.
A pesar de sus errores y pasiones, Quevedo permanece en la historia de la literatura castellana, no sólo como su más notable autor en prosa y poesía burlesca, sino que fue también un formidable crítico de la sociedad de su tiempo. Como moralista fustigó sin tregua lo que con abundante razón consideraba costumbres frívolas de sus compatriotas y otros atavismos bárbaros, como las corridas de toros. Complemento a su talla intelectual y artística, Quevedo fue fiel a sus ideales de lealtad y a sus principios de hidalguía. Mantuvo sus convicciones contra viento y marea, viviendo sin temor ni deshonra. Por eso sus enemigos, incapaces de enfrentarlo lo combatieron usando la intriga y la traición. A su muerte trataron de deshonrar su memoria con mil anécdotas apócrifas y bromas vulgares.
Escribo este trabajo el 28 de enero del 2008 a los 155 años justos del natalicio de José Martí, quien bebió de esa misma fuente de hidalguía, la que latía en cada uno de sus versos inmortales, en cada renglón de su inspirada prosa y en todos y cada uno de los actos heroicos de su vida ejemplar. Hoy, cuando la ofensiva incesante de mediocridad, bajeza y cobardía, la subversión moral dirigida por los agentes de La Habana y abrazada por tantas capillas e intereses mezquinos amenazan la esencia misma del destierro y el futuro de la patria, más que nunca evoco y hago mías a riesgo de lo que sea, las estrofas rebeldes del inmortal autor de “Vida del Buscón”.
“No he de callar, por más que con el dedo
Apuntando a la boca o a frente,
Silencio mandes o amenaces miedo
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Nunca se ha de sentir lo que se dice?
¿Siempre se ha de callar lo que se siente?”
EL PRIMER “POLITICO INCORRECTO” DEL IDIOMA CASTELLANO
“Yo soy aquel que-vedó de los moros que aquí entraran, y que de aquí se largaran, porque así lo mandé yo” (Leyenda en el escudo de la familia Quevedo)
Una tarde durante la primera década del siglo XVII y en la semipenumbra entre los bancos de la Iglesia de San Martín en Madrid, una devota rezaba. De súbito, un hombre de apariencia distinguida se le abalanzó y empezó a abofetearla sin piedad. Otro feligrés indignado por el abuso intercedió con violencia, agarrando al agresor y arrastrándolo fuera de la iglesia.
Quien tan gallardamente actuaba era un individuo de aspecto físico peculiar: rechoncho, malencarado, con un pie deforme y gruesas gafas agarradas al puente de la nariz. En cuanto puso pie en la calle, el desgarbado personaje desenvainó su espada poniéndose en posición de guardia con una elasticidad que contrastaba con su fisonomía, mientras conminaba al ofensor a defender su vida, o perderla sin remedio.
El asaltante palideció al identificar a su oponente, pero sin otra alternativa se aprestó a defenderse. El encuentro duró menos que el tiempo que el amable lector necesita para leer este párrafo,