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asistía el respaldo de “la mayoría de los jefes de estado extranjeros”.

La mayoría de los expertos opina que esa declaración no ayudó al senador de Massachusetts John Kerry entre aquéllos cuyo respaldo era verdaderamente necesario a su candidatura: los votantes.

Sin embargo, las infortunadas declaraciones de Dodd constituyen el desafío más reciente al derecho del pueblo a ejercer una diplomacia independiente a través de sus representativos electos. Su absurdo comentario va más allá del debate sobre los méritos de la intervención norteamericana en Irak e incluso la justificación en la guerra contra el terrorismo. Esa declaración pone en tela de juicio el derecho básico de Estados Unidos a ejercitar las prerrogativas de un estado soberano.

A estas alturas el pueblo norteamericano entiende bien que la llamada Organización de Naciones Unidas (foro de debates entre estados que son en gran parte de dudosa legitimidad) se ha convertido en tribuna de propaganda antinorteamericana.

También se ha hecho evidente que el centro de gravedad de la izquierda política doméstica ha cambiado de forma dramática en los últimos años, desplazándose del “liberalismo moderado” de la era de Franklin Delano Roosevelt al radicalismo frenético de hoy. Esta tendencia ha sido acelerada con la ayuda económica masiva al ala radical del Partido Demócrata de parte de ciertos poderosos empresarios con agendas antiamericanas.

Por eso es que Dodd, aspirante de pocas posibilidades a la candidatura presidencial demócrata, coquetea abiertamente con los nuevos ricos extremistas dentro de su Partido. Esos comentarios denotan graves errores de criterio y posiblemente de carácter de Dodd. Reflejan pobremente en su fidelidad al juramento a defender los intereses nacionales y a su respeto por la constitución norteamericana.

No obstante, esas consideraciones secundarias no deben nublar nuestra apreciación del problema verdadero. La pregunta que necesitamos hacernos es, ¿cómo se determina la validez de una crítica o de un elogio? ¿No es acaso la lógica en que se basa su formulación? ¿No debe tenerse en cuenta también el carácter y la buena voluntad de quienes los generen?

Sin duda es necesaria una contínua evaluación de las opiniones y actitudes de otros estados, tanto si son amigos o aliados como oponentes, pero ¿tiene el pueblo norteamericano que contar para sus decisiones con la aprobación del extranjero? ¿Es vital en política exterior la simpatía que por Norteamérica tengan, digamos individuos como Putín, Kim Jong Il, Ahmedinejad, Chávez, Morales, Ortega o Castro (sea el primer nombre de este último Fidel o Raúl)? ¿Es realmente necesaria o deseable la aprobación de esta recua de delincuentes?

¿Recibiría de buen grado el amable lector la solidaridad de Al Capone, John Dillinger, Charles Manson o Ted Bundy bajo cualquier circunstancia? La única diferencia entre estos últimos y el grupo mencionado en el párrafo anterior es el número de sus víctimas. En esta competencia imaginaria los primeros derrotarían siempre y abrumadoramente a estos últimos.

He visto mi nombre en la “prensa” castrista unas pocas veces. En esas ocasiones las referencias nunca han sido muy halagadoras: “Byrne está relacionado directa o indirectamente con el terrorismo y con terroristas… Byrne promueve el derrocamiento del gobierno cubano por medios terroristas y violentos”.

Como es de esperar no hay mención en esas páginas mercenarias del hecho histórico innegable que Castro y sus partidarios tomaron el poder por medios violentos y que lo han mantenido por 49 años usando terror y violencia brutales. Tampoco admiten que en 1962 los castristas empujaron cuanto pudieron para que los soviéticos demolieran los centros urbanos de Norteamérica usando misiles termonucleares, aún contemplando la muy probable desaparición de Cuba.

Por supuesto, lo que realmente les duele es la contínua exposición de sus actividades criminales en esta columna. Saben muy bien que mi habilidad para usar violencia contra el régimen castrista terminó prácticamente en 1963 con mi licenciamiento del Ejército norteamericano, después de un servicio voluntario y honorable. Sin embargo, les hace mella mi contínua referencia a sus maldades, mi total dedicación a promover la verdad que tanto temen. Eso explica su odio.

¿Me molesta la animosidad de los pretorianos terroristas de Fifo? Por el contrario, la atesoro. Para mí sus insultos son galardones de honor. Su antagonismo es prueba fehaciente de mi oposición vitalicia y efectiva contra la Tiranía.

En realidad me sentiría terriblemente mal si me elogiaran. Esa es la gran diferencia entre el Senador Dodd y un servidor de los lectores.

 

 

 

 

 

 

 

 

Hugo J. Byrne, Los Angeles, septiembre19

LA IZQUIERDA DEMANDA

APROBACION INTERNACIONAL

 

 

 

 

 

 

 

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El Senador por Conneticut Christopher Dodd ha declarado recientemente que la política norteamericana hacia el régimen castrista genera críticas internacionales sólo superadas en volumen por las que recibe la guerra de Irak. Esa extraña preocupación del Senador “liberal” es uno de los muchos síntomas de la grave enfermedad intelectual que sufre la extrema izquierda norteamericana.

La noción irracional de que Washington necesita una bendición foránea para diseñar y establecer su diplomacia no es nueva.

La supuesta necesidad de previa aprobación a la política exterior norteamericana por parte de la llamada “comunidad internacional” (sin examinar la composición y naturaleza de dicha comunidad), fue puesta en el tapete durante la campaña presidencial del 2004. El candidato derrotado declaró en esa ocasión que a su candidatura la

"¿Es vital en política exterior la simpatía que por Norteamérica tengan, digamos individuos como Putín, Kim Jong Il, Ahmedinejad, Chávez, Morales, Ortega o Castro (sea el primer nombre de este último Fidel o Raúl)? ¿Es realmente necesaria o deseable la aprobación de esta recua de delincuentes?".