RAZÓN PARA UNA DESIDIA

 

 

Por Abel German, Madrid, España, abril 28

Es curioso que Cuba, un país en el que parece que no ocurre cosa alguna que constituya una verdadera noticia, y donde lo que evidentemente lo es está controlado por las autoridades y, por tanto, restringido, y su uso es, pues, muy peligroso; es curioso que un país así despierte tanto interés periodístico. Curioso y sospechoso. Pero hay al menos una razón.

En otros tiempos —cuando el Ché recorría Cuba con su tabaco y su leyenda y Fidel Castro, también con su tabaco y su leyenda aullaba con una ubicuidad poco menos que milagrosa—, ésta era menos equívoca. Hoy, en cambio, todo indica que se trata de una razón, por así decirlo, desplazada. Cuando no espuria.

Desde los primeros noventas del siglo pasado a la fecha Cuba se ha ido desdibujando con velocidad pasmosa del único mapa en el que la situaron Fidel Castro y su cohorte de

guerrilleros parlantes: el político y/o ideológico. Si sigue presente en el imaginario de las sociedades actuales, sobre todo de Latinoamérica, es, entre otros, por tres motivos esenciales; a saber:

1) las causas sociales que justificaron ese proceso en Cuba subsisten de forma bastante parecida en muchos países;

2) las generaciones que en su juventud fueron testigos de aquella fama todavía viven, e incluso, aunque se hallen de pasada, dirigen algunos de esos lugares con preocupantes métodos populistas; y

3) el gran poder de seducción que ejercen las prerrogativas ilimitadas de los dictadores sobre no pocos políticos inescrupulosos.

Por eso muchos se resisten a ver, o a reconocer, la realidad actual de Cuba. Otros, quizás la mayoría, sencillamente no pueden verla ni reconocerla porque no se les muestra sino de forma manipulada. Y todos se resisten, o lo harían de tener los datos, a aceptar la bancarrota de lo que en tiempos fuera su esperanza. Y en el caso de los populismos emergentes en la región, se puede decir que ni eso. Estos simplemente necesitan un contenido seguro para sus dislates y desempolvan el más asequible. Algo muy sencillo en países donde, además de los tres motivos apuntados más arriba, podríamos decir que existe un cuarto: las palabras Democracia, Libertad y, sobre todo, “Capitalismo”, despiertan recelo cuando no rechazo. Tengamos en cuenta que se trata de pueblos que sólo las han escuchado (a esas palabras) maltratadas por políticos corruptos o en relación directa con el modelo norteamericano que tan pocos resultados positivos les ha dado.

Y hay algo más: esa estrella llamada Revolución Cubana ha sido una “estrella” que, como todas, ha llegado a serlo precisamente porque también, y quizás sobre todo, ha sido una “estrella” mediática experta en manejar (o mejor, en construir) su propio Paparazzo (1) y con él instrumentar su imagen y orientar el sentido de su fama. Algo, por cierto, vigente.

Pero la cuestión ahora es que la “estrella” ha caducado y que, como pasa con casi todas las estrellas caducas, intenta retocarse. O, al menos, reciclarse. Su obsesión es no dejar de ser “estrella”, aunque sea otra. Una China caribeña, por ejemplo.

Y para cubrir la mutación ahí están los paparazzis propios y los foráneos. Unos tan bien escogidos y vigilados como los otros. Los propios (la llamada prensa oficial), preparan los afeites y los aplican con disciplina espartana, los demás se hacen eco y difunden las instantáneas de ese penoso proceso.

A fin de cuentas (y aquí está, siendo bien pensados, el sentido de esa razón desplazada a que me referí al principio), de lo que se trata es de esperar la gran instantánea. ¿Cuál? ¿El nacimiento de la nueva Cuba, aunque no sea una estrella? No lo parece. Más bien podría decirse que esperan la caída de la máscara que cubre (que se sabe con certeza que cubre) el rostro de la Cuba de Raúl Castro. Lo primero: la muerte física de Fidel Castro; lo segundo: cualquier cosa que venga, todavía no puede saberse qué.

No importa que los síntomas apunten hacia una versión aplatanada de China. Ya se sabe aquello de que una cosa piensa el borracho y otra el cantinero, o que el hombre propone y Dios dispone. En realidad nada está escrito.

De modo que ese interés periodístico debe de tener un pie en la leyenda de la estrella y otro en las peripecias de su decadencia y previsible caída. Por ahí anda el porqué Raúl Castro dice, con tono de magnanimidad patética, por ejemplo, que ahora sí los cubanos podrán hospedarse en los hoteles de la Isla, si bien sólo si pagan con una moneda con la que el Gobierno no remunera su trabajo (una monedad con envoltura cubana pero entrañas extranjeras: un pequeño monstruo), y todos los periodistas se apresuran a lanzar la noticia que el mundo enseguida lee con un signo de admiración que, si intentase digerir, se doblaría como si le doliese la tripa y se convertiría en interrogación.

Y entretanto ¿dónde están las verdaderas noticias? ¿Qué ocurre, por ejemplo, con los presos políticos que se pudren (y disculpen lo manido de la imagen; es la más exacta) en las cárceles? ¿Qué ocurre con los presos de conciencia, periodistas en su mayoría, que requieren de mucha más solidaridad que la dispensada hasta ahora por sus colegas? ¿Qué ocurre, en fin, con las expectativas de democracia?

A veces tengo la sensación de que con Cuba sucede como con todas las “estrellas”: importa más su imagen que el estado real de sus órganos vitales. Pero es sólo una sensación. No quiero suponer cosas peores. Ya lo dije: quiero ser bien pensado. Me niego a considerar que esos colegas protegen la licencia profesional de los medios que representan sólo para disfrutar de los hoteles, las playas y las “jineteras” de la isla. Tajantemente. Prefiero suponer que se trata de una estrategia. Que lo que hacen en realidad, aun cuando cubran tan poco y tan pálidamente lo que sucede con la disidencia, la represión encubierta y no tan encubierta y el verdadero sentir y estar de la población, es guardar la forma. Dicho de otra manera: que intentan no despertar las iras de la iracunda anciana.

Y todo por esa razón desplazada que he dicho. O sea, todo por aguardar la ocasión para la gran instantánea: la del cadáver espléndido de la “estrella”. Deben suponer, presumo, que esa gran instantánea bien vale una desidia.

(1) Personaje de “La Dolce Vita”, de Federico Fellini, fotógrafo que perseguía estrellas por Roma para sacarles una instantánea.

Abel German es natural de Morón, Camaguey, en 1951). Escritor y periodista. Ha publicado “El día siguiente de mi infancia” (Editorial Letras Cubanas); “Cubo de Rucbick” (Editorial Unión) y “Curiosidades” (Ediciones Extramuros). También poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas, así como en antologías de México y Cuba.

Miembro de la Agencia de prensa independiente “Cuba Press” desde su fundación como editor y articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free Press, Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana. Actualmente se encuentra exiliado en España.

 

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