Reconozco que el repentino diálogo de la dictadura cubana con la Iglesia me produce sentimientos encontrados. Por una parte comprendo su rasgo positivo: por su mediación, al menos en apariencia, ha disminuido el hostigamiento a las Damas de Blanco; Ariel Sigler fue liberado; otros presos políticos están siendo acercados a sus lugares de residencia y, cabe suponer, se ha abierto un cauce para ventilar otros asuntos vinculados con los derechos humanos.

Por otra, no me convencen los interlocutores. En primer lugar, faltan los que no debían. En segundo, dudo que la Iglesia vaya más allá de lo que le importa, que es la recuperación de los espacios perdidos en la Isla. Al menos eso es lo que me sugiere su historial y, en parte, su conducta.

¿No fue la Iglesia la que el 20 de julio de 1933 legitimó el gobierno de Hitler con la firma del Concordato entre éste y el Vaticano? ¿No fue la Iglesia quien medió para que Franz Von Papen (que fuera uno de los firmantes de dicho concordato) resultase absuelto en los Juicios de Núremberg? ¿No fue esa misma Iglesia la que ni siquiera se planteó negarles la comunión a Jorge Rafael Videla, Francisco Franco y Augusto Pinochet, como tampoco lo había hecho antes a Hitler y a Himmler, y que ni siquiera condenó Auschwitz y Treblinka?

Y ahora, ¿no es el Canciller del Vaticano, el señor Mamberti, quien con una escalofriante coherencia con este currículum, se muestra entusiasmado por el acercamiento de la Iglesia y la dictadura cubana?

Del otro interlocutor (la Dictadura), cabe hacerse la misma pregunta. ¿Se puede confiar en una dictadura cuyo historial es… eso, el de una dictadura?

Así que mi reticencia parece justificada.

El proceso abierto con dicha mediación me propone, más que el inicio de un proceso de cambios del régimen bajo la presión de la Iglesia, un proceso otro de distracción por parte de aquél, y de reconquista del espacio perdido por parte de ésta.

A mi modo de ver, liberar algunos presos, aliviar la situación de otros, prometer… son herramientas de trabajo (o, si se prefiere, meras tácticas) propias de los Castro. Alguna vez he dicho que comparto con el escritor ruso Nabokov la idea de que de las dictaduras sólo se puede huir; y lo he dicho precisamente por eso.

Augusto Pinochet es un raro ejemplo de dictador que, aunque sea por una vez, optó por “escuchar” y ceder ante la voluntad del pueblo, aunque tal vez lo hiciera por un error de cálculo. Pero la dictadura castrista ha demostrado no pertenecer a esa especie y desconfiar del propio pueblo cubano más que del enemigo externo. La que fuera la Revolución Cubana es demasiado autista (y astuta, que para el caso es lo mismo), y no le interesa moverse más allá de sus limitados límites. Todo lo que hace, lo hace únicamente para salvaguardar el poder y los inmensos privilegios de su cúpula. El autismo no es otra cosa, pues, que la forma de salvaguardar físicamente a esa cúpula y sus bienes nada ideológicos. ¿Se arriesgarían a que al final de sus vidas algún juez pudiese sentarlos en el banquillo del Tribunal Penal Internacional, como le ocurrió precisamente al “condescendiente” Pinochet?

Por algo llevaron al señor Dominique Mamberti, no a las cárceles, no ante las Damas de Blanco, no a que asistiese espiritualmente a la sufrida madre de Zapata o al moribundo Fariñas y se entrevistase con los opositores, ni siquiera lo llevaron a la calle para que hablase con la gente de a pie… no; lo llevaron al escaparate que siempre tienen a punto para mostrar a los visitantes que necesitan persuadir. O confundir. La imagen del Canciller del Vaticano visitando escuelas acompañado de funcionarios de la dictadura y, seguramente, de todo un batallón de policías políticos, a la vez que ignora por completo a la disidencia, a los presos, al pueblo; esa imagen es fehaciente.

Entonces, ¿qué lectura hacer de todo esto?

Si miramos con la óptica histórica que corresponde veremos una triste realidad; veremos que todo sirve para que el régimen, quien guía realmente los hilos, perpetre otra humillación a la oposición. Y con un coste mínimo. Más bien con ganancia.

¿Puede verse de otro modo el hecho de que terceros (el régimen, la Iglesia) traten estos asuntos sin que los afectados principales (el pueblo, la oposición) participen? ¿Y que uno de esos terceros sea el verdugo y el otro un sujeto con antecedentes poco fiables que, por mor de su naturaleza ideológica, ni siquiera puede relacionarse francamente con la causa del sujeto sobre el que se negocia?

El régimen castrista, experto en el arte de la humillación, ha escogido bien los elementos y los ha ordenado de modo que el mensaje quede claro y la oposición confinada a simple objeto de trato o moneda de cambio.

Por algo España, el otro mediador, ha quedado clamorosamente relegado.

Y es que, si comparamos ambos mediadores, el porqué salta a la vista. A un lado tenemos un gobierno democrático que declara, aunque sea cínicamente, perseguir el mismo objetivo que los enemigos históricos de la Dictadura, sólo que por otros medios; y al otro a la Iglesia que declara muy poco, que es un sujeto con el que el régimen ha mantenido una relación tensa o ninguna durante varias décadas… un enemigo ideológico sí, pero por otras causas antes que políticas; y, sobre todo, que se trata de un enemigo “autorizado”.

Así pues ¿qué les impide lavarse mutuamente las caras en el mismo barreño? De ese modo se envía a la vez el mensaje que mejor se aviene con los intereses del régimen, sin que afecte los de la Iglesia. A saber: la oposición no existe; los presos son sólo un objeto de debate por razones humanitarias; el régimen, puesto que se presta a ello, no es tan cerrado como algunos pretenden. Un mensaje que la Dictadura escribe con la tinta, el pulso y la calma que le confiere su insólita impunidad.

Y la Iglesia (prefiero pensar que inconscientemente), se presta a ser parte del instrumental con que se comete dicha humillación.

Sólo cabe esperar que, aún así, no se pierda de vista lo único que importa al final, más allá de todas las estaciones que se recorran: la desaparición del régimen. Es decir, de la causa de estos presos, inhumana e injustamente condenados; las leyes represivas y el aparato de la seguridad del Estado que, como acaba de denunciar Amnistía Internacional, castiga la actividad disidente y crea, entre otras atrocidades, “una cultura del miedo que inhibe la libertad de expresión”.

Pero me siento escéptico. Espero muy poco de las dictaduras; incluso de la vaticana.

 

PORTADA
CONDICIONES DE USO
CONTACTOS
Abel Germán Díaz Castro, Valencia, España, julio 6

PERDONEN MI FALTA DE ENTUSIASMO