



La cooperación médica del régimen cubano a otros países encubre una estrategia muy alejada de los principios humanistas que se le suponen y enarbola. Esta afirmación, así dicha, puede parecer gratuitamente perversa. Una gran parte de personas bien intencionadas, no necesariamente afiliadas a la izquierda de siempre, se niegan a concebir nada malicioso en el hecho de llevar la atención médica a personas que, de otra manera, recibirían una atención muy deficiente o ninguna.
Y en verdad es comprensible. Resulta muy difícil detectar algo, aunque sea una pizca, de maldad en gesto semejante. Y, de cualquier manera (es decir, aún detectándola), es preferible ésa, que no otras maldades. Aunque, también de cualquier manera, el régimen de Cuba siempre se las ha arreglado para combinarlas.
Tal vez (lo acepto) no haya gesto humano que sea completamente inocente. ¿Acaso lo son los sacrificios admirables del religioso o religiosa, incluso del santo, cuando sabemos que les mueve la idea de un premio divino o, lo que viene a ser lo mismo, el temor de un castigo eterno? Lo que sí sucede es que hay gestos más ladinos que otros.
La cuestión pues debe ser otra, un poco más adelante diré cuál.
Lo cierto es que hay muchas verdades innegables. Por ejemplo, no he encontrado información alguna sobre colaboraciones médicas cubanas anteriores a 1959.La primera que he hallado la ofreció el régimen de Fidel Castro a Chile en 1960, por motivo del terremoto que entonces afectó a ese país. Pero es 1963 el año que marca el inicio de lo que se ha dado en llamar Colaboración Médica Internacional Cubana. Ese año el régimen envió la primera Brigada Médica a Argelia.
Desde entonces la colaboración castrista debe haber llegado a 157 países y, de unos 349.000 colaboradores de la isla, unos 134.000 corresponden a profesionales y técnicos de ese ramo. Son datos oficiales.
Pero de lo que quiero escribir ahora es específicamente de la colaboración médica cubana en Panamá, que el pasado 2 de febrero el nuevo presidente de ese país decidió interrumpir. La colaboración se denominaba Operación Milagros, se desarrollaba en el Centro Oftalmológico Omar Torrijos Herrera, del Hospital Luis “Chicho” Fábrega de la provincia de Veraguas y, según datos de la isla, devolvió la vista a 49,715 pacientes, casi todos campesinos e indígenas. Panamá rectifica esta cifra, y menciona a 44.486 pacientes operados desde marzo de 2007 hasta diciembre de 2009. De cualquier manera el número es importante, aunque no está de más conocer la diferencia.
La decisión tomada por el Ricardo presidente Martinelli, que puede parecer controvertida, se fundamenta en el hecho de que prefieren sustituir dicha colaboración por el proyecto Visión 20-20, cuya primera etapa ha sido impulsada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que pretenden ejecutar con medios y personal panameños.
Esto nos acerca un poco a lo que decía al principio. Visto lo que sucede en la región, Martinelli simplemente ha querido alejar el fantasma de la injerencia cubana que comienza, sí, con batas blancas, pero que puede terminar, como en Venezuela, con viejos verdugos de uniforme dirigiendo situaciones estratégicas del país y una invasión de agentes de la Policía Política intentando imponer el fracasado modelo de Fidel Castro. Un temor que, pese a lo delicado de la apariencia, si se mira en el contexto y con perspectiva, puede comprenderse.
Ricardo Martinelli, presidente de la República de Panamá
¿No es lo que indica la reacción del régimen que, por supuesto, ha visto en esa decisión un componente exclusivamente político, antes que médico o humanitario? ¿No es lo que indica la forma como la Brigada Médica cubana abandonó Panamá, llevándose consigo 45.000 expedientes de los pacientes atendidos?
Expedientes que, como es lógico, el ministro panameño de Salud, Franklin Vergara, solicita sean devueltos. Son expedientes que se necesitan, en primer lugar (y son palabras del ministro), “para darles seguimiento a los pacientes que fueron beneficiados con este programa” y, en segundo, “para hacerle una auditoría a este programa y conocer cuánto costó”. Dos objetivos muy razonables.
Creo que ese pormenor resulta difícil de explicar. Al menos desde el punto de vista de la colaboración específicamente médica. Por eso echemos un vistazo debajo de estos expedientes. Porque hemos llegado a lo que decía más arriba: la cuestión no es denunciar las intenciones políticas de la Colaboración Médica cubana, que pueden entenderse y aprobarse en todas sus partes; la cuestión es otra. Digamos, la naturaleza global del régimen cubano, que afecta también sus zonas más supuestamente altruistas, como la que nos ocupa.
Reflexionemos: Si dicha colaboración respondiera a un interés básicamente humanitario, ¿por qué se llevaron esos expedientes? ¿Por qué, al contrario, no los pusieron a disposición inmediata de la OMS para que continuasen con el nuevo proyecto? ¿Por qué, en vez de llevarse las manos a la cabeza, escandalizados, y vaticinar consecuencias catastróficas, no ofrecieron espontáneamente el apoyo al nuevo proyecto, cualquiera que éste fuese, dejando a un lado las derivas políticas que manejan sus hilos, aunque sólo fuera para beneficio de los pacientes? ¿Es más, por qué no aplauden que un país de la región defienda su soberanía e intente resolver por sí mismo sus problemas? En fin, si se trata de una ayuda desinteresada, como dicen, ¿por qué no celebran que Panamá considere que ya no la necesita y dedican esos recursos a resolver los problemas crecientes que tiene la propia isla, en Salud inclusive? Y una última consideración: ¿Acaso el régimen no ha rechazado ayuda proveniente del Gobierno de EE UU en momentos de catástrofes naturales, pese a la situación crítica de la población y sin consultar a ésta, por el simple hecho de venir del Gobierno de EE UU? ¿Es decir, por una apreciación meramente política?
Cuando escribí el primer párrafo de este texto, eran estas las preguntas que me planteaba. Confío basten para que no se me atribuya perversidad alguna y para que sirvan de ayuda a la hora de comprender otro poco al régimen cubano. Para que se entienda mejor que si algo persigue con cada uno de sus actos (incluso de sus aparentemente mejores actos), ese algo es ampliar, a toda costa, su esfera de influencia. Es legitimarse. Y por eso cada vez que lo requiere se quita el uniforme militar y se disfraza de educador, de constructor, de médico. Que es como decir de cordero.
Búsquese debajo de estos expedientes; ahí hay parte del disfraz.
