



Hablar, como es sabido, puede ser cosa seria. O no. Puede esclarecer, persuadir, atraer las partes hacia el lado conveniente, alejarlas, llevarlas al lado contrario; o, peor, puede incomunicar y tergiversar. Incluso puede agredir. Pero también puede ser una auténtica pérdida de tiempo. Depende de quiénes, de cómo, de qué y de para qué hablen.
Pienso específicamente en lo que hablan entre sí sobre derechos humanos los Gobiernos de España y Cuba desde hace casi tres años. Porque con ese propósito (hablar) se reúnen por cuarta vez el 17 y el 18 de febrero de 2010 en Madrid.
Lo de estas conversaciones en concreto ha sido divulgado por Europa Press-España el pasado 28 de enero. Y por lo que se informa, se trata de una reunión más en ese diálogo bilateral indefinido. Pero, ¿qué es lo más llamativo de este diálogo? Para empezar, quizás los términos con que se denomina: “diálogo bilateral”.
Por más que parezca una perogrullada, importa hacer una precisión que, a mi juicio, describe lo sucedido en los encuentros anteriores y que, sin pretensión adivinatoria alguna, sucederá en el que se anuncia.
Según la Enciclopedia Salvat, Diálogo viene a significar, entre otras cosas, “coloquio, charla entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos”; y Bilateral, en cambio, se refiere a todo aquello “perteneciente o relativo a los dos lados, partes o aspectos que se consideran”.
Estas definiciones, a la sombra del objeto de la información, adquieren un matiz, digamos, un tanto borroso. Porque borroso es lo que dimana de los resultados conocidos, y borrosas son sus perspectivas. ¿A qué puede conducir una charla en la que alternativamente se manifiesten las ideas y los afectos de los hablantes, de modo que cada cual se limite a expresar lo perteneciente o relativo a los lados, partes o aspectos en consideración, si al mismo tiempo no interesa una coincidencia con el interlocutor que conduzca, con propuestas realistas, a acuerdos de hecho realmente trascendentales?
Es cierto que desde el primer diálogo el Gobierno español exige al cubano la liberación de todos los presos políticos. Ésta es, por llamarla de algún modo, la exigencia estrella. No exigirlo sería vaciar de sentido el sinsentido que, de todos modos, constituye dicho trámite parlante. Pero si miramos atrás vemos cómo incluso este planteamiento base, ya de por sí exiguo, se pone sobre la mesa con la timidez de quien parece temer la reacción del interlocutor. ¿Por qué si no, en lugar de plantearse como lo que es: una exigencia netamente política, se plantea como un reclamo “humanitario”? Y la parte del contenido que puede considerarse política, ¿no es cuanto menos confusa? ¿No resulta incoherente que en la lista de presos se subrayen determinados nombres, para resaltar los muy enfermos y (aún más inaudito) los de mayor relevancia política? ¿Es decir, que se establezcan categorías y prioridades, de la especie que sean?
Es más, esto, como cualquier otro proceder de semejante carácter (en el que, insisto, la exigencia matriz: a saber, la liberación de la totalidad de los presos políticos, se aparta a un lado); este modo de hacer las cosas, digo, ¿no termina por ser, de rebote, beneficioso para el régimen? ¿No parece, antes que cualquier otra cosa, una sugerencia a su favor? ¿Algo así como si se le estuviesen proponiendo, envueltas en papel de regalo, plataformas alternativas?
Si nos detenemos en la reunión de febrero de 2008, la segunda de la serie, ésa es una de las escasas conclusiones posibles, sino la única. Entonces el régimen liberó a cuatro de los 75 encarcelados en la Primavera de 2003. ¡Cuatro! La cifra, si no fuera de lo que va, movería a risa.
Esto se repite con las últimas liberaciones: también rondan ese número de “timo”. Y ni siquiera se promovieron en el marco de estas conversaciones. Fueron el producto de la peculiar “diplomacia” del señor Moratinos que, al menos en este caso, consistió sólo en abrazar al Dictador y, para no irritarlo, volver la espalda a la oposición.
Estas liberaciones que el Gobierno español presenta como trofeo de su política hacia Cuba, forman parte en realidad, al menos en lo que al régimen cubano respecta, de un juego cuya vulgaridad es fácil de discernir. Un juego en el que sale ganando. Por casi nada obtiene el respeto y, en gran medida, el apoyo del Gobierno español: un rédito político a considerar, puesto que éste pretende hacerlos extensivos (ese respeto y ese apoyo) a los 27 países de la Unión.
El pasado jueves 4 de febrero (o sea, antes de la reunión prevista y, por tanto, sin pedir nada a cambio; ni siquiera los cuatro presos políticos de rigor) el ministro español de Exteriores, Miguel Angel Moratinos, insistió en el Parlamento Europeo (cito a EFE, Bruselas) “en la conveniencia de normalizar las relaciones de la Unión Europea con Cuba y sustituir la actual posición común que las rige por un “acuerdo bilateral” en el que participen las autoridades de la isla”. Prosigue: “¿Es que la posición común ha logrado los resultados que sus señorías deseaban?”, preguntó a los parlamentarios, en respuesta a las cuestiones formuladas sobre Cuba”. Y “Explicó que “lo que quiere España es cambiar esa posición común, que es unilateral, por un acuerdo bilateral en donde las autoridades cubanas se comprometan y pongan su firma en una serie de compromisos en materia de derechos humanos”.
Pero si leemos el documento que presentó la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN) el pasado martes 26 de enero, este deseo del señor Ministro, que no de España, se nos aparece como un deseo (por utilizar un término delicado) ingenuo. La información dice: “según su portavoz, Elizardo Sánchez, (dicho documento) puede ser de utilidad para el debate sobre el tema con la Unión Europea (UE), presidida por España en este primer semestre” (1). Claro, sobra advertir que sería así si el señor Moratinos se lo leyese y, si no lo creyese, antes de decir las cosas que dice, lo contrastase. Lástima que no lo haga, porque el informe menciona, por ejemplo, un dato clave: ahora mismo hay 201 casos de personas encarceladas por motivos políticos, cuatro menos que en enero de 2009. ¡Cuatro otra vez!
Y explica que, como puede apreciarse, el número de encarcelados por causas políticas disminuye con mucha lentitud, sobre todo por (obsérvese) “cumplimiento de condenas” y sustitución de los encarcelamientos prolongados por "detenciones arbitrarias de corta duración, las amenazas y otras formas de intimidación".
Así que conviene preguntarse, ¿a dónde puede conducir dicho diálogo? ¿A dónde pueden conducir los esfuerzos del eñor Moratinos?
Hasta ahora la realidad es aplastante:
1) La liberación de presos en verdad no vale ni como gesto humanitario. Recordemos que hay decenas de presos muy enfermos que, como al principio, continúan muy enfermos y presos.
2) La represión, lejos de mermar, se amplía en intensidad y en espacio, y ahora también afecta al movimiento de blogueros. ``El acoso a blogueros, las detenciones arbitrarias y los malos tratos a presos políticos siguen siendo las características de un régimen que no tolera ninguna información fuera de su control y cuyos tímidos progresos desde febrero del 2008 se quedan en el umbral de los derechos humanos''; denunció RSF el lunes 1 de febrero.
3) Y (lo que para mí es aún más importante) la legislación draconiana que criminaliza cualquier disidencia, por pacífica y justificada que sea, continúa intacta. Es más, cuando hace falta la engordan con añadidos contrarios a derechos humanos básicos.
Esto lo podemos ampliar añadiendo que: —el régimen mantiene su arrogancia totalitaria y se niega a mejorar la situación política de los ciudadanos y a reconocer que los presos políticos son presos políticos y los opositores opositores, no mercenarios de EE UU;
—que, al mismo tiempo, considera a Cuba el paraíso de los derechos humanos;
—que el pueblo permanece al margen, como un sujeto pasivo víctima de la propaganda, la represión y los dislates de estos viejos dirigentes que se eligen y reeligen entre ellos, y cuando ya no pueden más, nombran a dedo sus sucesores;
—que (como ya apunté) la liberación de los presos políticos debe ser consecuencia de la “liberación” de la justicia, encerrada en un sistema legal represivo, y no un asunto desdibujado por la retórica humanitaria;
—que en ese diálogo no participan, como debe ser, los representantes de las diferentes formas de pensamiento político de los cubanos; y
—que en el mismo no se habla (ni siquiera por hablar) de lo único que realmente debe hablarse en la situación actual de la Isla: la transición a la democracia.
Ante tal paisaje, repito las preguntas: ¿A dónde puede conducir dicho diálogo? ¿A dónde pueden conducir los esfuerzos del señor Moratinos?
Hablar, sí, puede servir para muchas cosas. Pero hablar por hablar es (siempre lo ha sido) un arte sospechoso. No diré de qué.
(1) Patricia Grogg (IPS), domingo 24 de enero de 2010 19:29
