EL INSACIABLE OGRO REVOLUCIONARIO CUBANO

 

 

LA BULIMIA INEXTINGUIBLE

Por Abel German, Madrid, España,mayo 21

Los regímenes totalitarios son insaciables. Todo lo metabolizan. Y lo que no, lo vomitan. Por definición padecen una típica bulimia inextinguible con vómito. El régimen cubano lo ilustra de modo excepcional. Desde que dio los pasos iniciales en 1959 lo hizo como esos niños traviesos que se van comiendo a puñados todo lo que encuentran.

Al principio, y para alborozo de los cubanos, su función fue, por así decirlo, higiénica. Lo primero que devoró fueron los casinos y los burdeles. Luego las grandes extensiones de ierra que estaban concentradas en unas pocas manos, incluyendo esas manos. Más tarde el analfabetismo. También, al menos de forma parcial, el desempleo y las desigualdades sociales.

 

Pero uno de los problemas más incómodos de la bulimia es su carencia de selectividad. Junto con esto iba tragando también, con idéntica avaricia:

— el derecho a huelga de los trabajadores, desde que la, así llamada, Confederación de Trabajadores de Cuba, declaró que en las nuevas circunstancias era un derecho “innecesario”;

— la libertad de prensa, desde la nacionalización de los primeros diarios: Avance y El País y que rebañó el 23 de diciembre de 1960 al confiscar y estatalizar lo que restaba;

— el derecho a manifestarse, desde la negativa al permiso de una concentración anticomunista en el Parque Central en febrero también de ese año;

— las elecciones libres, desde aquel tristemente famoso “¿Elecciones para qué?”;

— el derecho a la privacidad y a una sana convivencia vecinal y hasta familiar, desde que, por la misma época, se crearon los primeros Comités de Defensa de la Revolución (CDR); así como:

— el derecho a discrepar, organizar partidos o sindicatos libres, incluso a abrir bibliotecas independientes y, por lo tanto, a leer e informarse sobre cualquier tema;

— el derecho a pensar sin trabas y ser consecuente con ideas personales libremente elegidas entre todas las opciones de pensamiento;

— el derecho a entrar y salir libremente del país;

— el derecho a elegir la educación de los hijos.

Y así, una a una o al bulto, fue devorando, y sigue haciéndolo, las prerrogativas más elementales reconocidas por la legalidad internacional.

Y no sólo eso, también dio debida cuenta de un segmento importante de los conceptos más valiosos. Los tomó, los ensalivó, los trituró y, finalmente, con la complicidad de sus intelectuales más conspicuos, los devolvió convertidos en deposiciones infames, pero decentemente empaquetadas. Así ha sucedido, entre otros, con los conceptos de patria, de heroísmo, de familia, de democracia, de libertad, de dignidad, de cultura, de educación, de arte, de deporte, de prensa.

— De lo que debieran ser apenas si les queda la apariencia. ¿La Patria? Conjunto de personas que están asociadas a la revolución. ¿El heroísmo? Lo que es propio de los que sirven (no importa cómo) a la revolución. ¿La familia? El padre, la madre y los hijos que viven bajo el techo de la revolución. ¿La democracia? Gobierno que justifica su soberanía (la del gobierno) con los aplausos en la Plaza de la Revolución. ¿La libertad? Derecho que la revolución concede para hacerlo todo dentro de y por la revolución. ¿La dignidad? El respeto y la obediencia incondicionales que los “revolucionarios” deben a quienes desempeñan las funciones eminentes y a la ideología en que sustentan su poder. ¿La cultura? El desarrollo intelectual o artístico que se sirve de los valores y de la información que autoriza la revolución. ¿La educación? Acción de la revolución para fabricar revolucionarios. ¿El arte? Conjunto de obras artísticas que exaltan la ética y la estética de la revolución. ¿El deporte? Práctica metódica de ejercicios físicos cuyos resultados dependen de la revolución. ¿La prensa? Conjunto de las publicaciones periódicas, especialmente las diarias, que propagandizan los aciertos y los valores de la revolución.

También ha devorado nuestra historia. Y, bien mirado, la Historia en general. Una vez asimilada (la Historia) por el régimen, la verdadera identidad de Cuba, por ejemplo, se alcanza a partir de 1959; y, más allá, un monstruo llamado Stalin sale, limpiándose el vómito, convertido en un héroe bondadoso a quien la Humanidad adeuda sus mejores frutos.

El mundo, grosso modo, reaparece cuidadosamente compartimentado e iluminado. Como en una mala película de cowboy, los malos y los buenos ocupan sus puestos y actúan como lo que supuestamente son, sin prestarse a confusiones. Los malos son los que se cubren la cara con los pañuelos del capitalismo y roban los bancos de los pueblos pobres para lucrarse, y los buenos son los que, a cara descubierta, con la estrella de sheriff del comunismo en el pecho, les hacen frente. Siguiendo esa regla de tres, los malos son

todos aquéllos cuyas filias no se definen incondicionalmente a favor de las ideas y los métodos del régimen cubano y sus cómplices, aun cuando no sean precisamente capitalistas. Ni siquiera pro capitalistas.

Incluso lo son aquellos cubanos que no acatan las políticas del Partido simplemente porque tienen una visión diferente de su país y quieren para su país un futuro también diferente. Por supuesto, tales cubanos, en virtud de la susodicha regla, son trasplantados a la fuerza al campo enemigo. La única diferencia es que sus fotografías no son distribuidas con ofertas de recompensa por su captura como en las películas. No, a estos sencillamente se les borra. Son condenados al olvido. Y a veces la sentencia se cumple.

Pero claro, una gran voracidad requiere un gran estómago y un excelente metabolismo. Eso (la necesidad de garantizar esa capacidad y de corregir ese metabolismo) el régimen lo comprendió ya en fecha tan temprana como el 10 de enero de 1959. Ese día comenzó a modificar la Constitución de 1940 y, entre los primeros cambios introducidos, implantó la pena de muerte. Esto, en combinación con las cárceles y con la fuga masiva hacia Estados Unidos que se inició casi simultáneamente, resultó un procedimiento infalible.

En consecuencia, en marzo de 1961 había unos 10,000 presos políticos y sólo en la noche del 30 de agosto de 1962 fueron fusilados 497 opositores. Mucho antes, en octubre de 1960 (a menos de dos años del triunfo) ya habían sido ejecutados 1,330. Y nada más que en 1965, en virtud del llamado Puente Aéreo Varadero-Miami “Vuelos de la Libertad”, salieron hacia EE.UU unos 300, 000 cubanos. Sangría que no cesó en ningún momento; una sangría lenta, cotidiana, que en agosto de 1994 alcanzó un nuevo pico. Ese mes salieron 21,300, con una diferencia: esta vez no lo hicieron en aviones, sino en embarcaciones improvisadas por ellos mismos con los materiales más diversos e insólitos. Lógicamente, el resultado fue catastrófico: en el intento murieron miles de cubanos.

Ahora, después de que el líder ha sentado en la mesa a su hermano; después de que el mundo ya no le garantiza a largo plazo, pese a los populismos latinoamericanos, los digestivos requeridos; después de que el bulímico incorregible simplemente es un anciano, podemos suponer que habrá un cambio en su conducta. Y es lo que se espera. Al menos es lo que esperan los más optimistas y lo que el propio paciente se empeña en demostrar.

Pero que ahora deje a un lado algunas ejecuciones de delincuentes, no significa que borre del menú ese plato. Ni tampoco que no desee comer tanta “iniciativa privada” como antes simplemente porque, en un momento que parece repetirse, redistribuirá tierras ociosas entre campesinos para que las cultiven de forma independiente. Que permita a la blogger Yoani exhibir ante el mundo su “rareza”, tampoco significa que ordene a los cocineros que no preparen más el plato de la libertad de expresión y pensamiento porque al fin está saciado. Qué esconde el colosal bulímico tras esos pequeños gestos, cada uno por separado, requiere de otra reflexión, sin duda más extensa que ésta.

Lo que sí podemos asegurar ahora, a la luz de los datos con que contamos, es que esos pequeños gestos pueden significar cualquier cosa. De hecho, como digo, cada uno por separado significa algo, porque nada que provenga del régimen cubano es gratuito; y podemos entretenernos varios folios en especular qué. Pero, a la luz de tan pobres luces, lo que sí no podemos concluir es que se esté curando.

 

Sobre el autor: Natural de Morón, Cuba, 1951. Escritor y periodista. Ha publicado “El día siguiente de mi infancia” (Editorial Letras Cubanas); “Cubo de Rucbick” (Editorial Unión) y “Curiosidades” (Ediciones Extramuros). También publicó poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas, así como en antologías de México y Cuba.

Trabajó en la Agencia de prensa independiente “Cuba Press” desde su fundación como editor y articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free Press, Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana.

Actualmente está exiliado en España y es miembro de la Unió de Periodistes Valencians, asociación integrada a la Federación de Asociaciones de Periodistas de España.

 

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