CARTOGRAFÍA DISIDENTE DE UN NOMBRE (1)

 

 

 

 

 

 

 

 

Los símbolos políticos, los movimientos sociales con sellos ideológicos definidos… las revoluciones, se construyen —y, principalmente, se enmascaran— con los más diversos materiales, sofismas incluidos; casi siempre propuestos como mensajes subliminales más o menos eficaces.

Digo esto a propósito de una exposición inaugurada el pasado 29 de julio en La Habana, cuya única peculiaridad parece ser su nombre: “Cartografías disidentes”. O rganizada por la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior de España (CEASEX) y la dirección de Relaciones Culturales y Científicas del Ministerio de Asuntos Exteriores también español, permanecerá instalada en la Biblioteca Nacional 'José Martí' de La Habana hasta el 27 de agosto. Participan en ella nueve artistas de La Habana, Caracas, Santiago de Chile, Sao Paulo, México DF, Buenos Aires, Madrid, Bilbao y Barcelona. La Habana es justamente la última de esas ciudades donde se expondrá.

Las obras --nos dicen-- cuestionan las políticas del espacio urbano, las ordenaciones espaciales, los valores jerárquicos, las identidades sexuales o la política del cuerpo y su relación con la construcción de la ciudad.

Según explicó a Efe el comisario del proyecto, el español José Miguel Cortés, su pretensión es mostrar una visión 'lo más diferente y múltiple' de lo que son las ciudades iberoamericanas a inicios del siglo XXI.

'Se trataba de hablar de aquello que generalmente no se muestra, enseñar facetas, lugares, rincones, personas, experiencias a las que la gente no presta atención', apuntó.

Y añadió que 'cada ciudad tiene algo que la distingue, La Habana era fundamental y sin ella no se hubiera entendido el proyecto'.

Precisó ¿y doy por sentado que esto es lo que pretende explicar la supuesta disidencia de la exposición? que ésta se opone a las categorías de lo fijo, de lo inmutable, de lo estático o lo normativo y tiene interés en poner en duda las relaciones entre lo público y lo privado, lo político y lo personal, el interior y el exterior, la visualidad y los otros sentidos.

También señaló que (y cito), con estas cartografías, cada espectador se podrá trazar su propio mapa, más o menos global, más o menos subjetivo y parcial de todo aquello que hoy en día constituye y conforma una gran metrópoli.

Leído todo esto y visionada la muestra de los videos que aparece en internet, reconozco cierta frustración. Y después reconozco también la frustración que me produce esa frustración. Y no es un juego de palabras.

El título (Cartografías disidentes) había atraído mi atención en un sentido básico. Supuse (ingenuamente, sí) que los artistas y los funcionarios españoles y los de la Biblioteca Nacional de Cuba, se habían propuesto realizar un acto artístico disidente, no sólo en el plano netamente artístico, sino en su sentido más amplio. Es decir, en el artístico (que a fin de cuentas debe ser una pretensión per se de toda acción creadora) y en el social y/o político (que en tiempos como los que al menos vive Cuba debe ser una pretensión per se de toda acción creadora responsable). Sin embargo, ciñéndome a lo visionado y a lo que dijeron los artistas y el comisario, supuse mal.

Los vídeos, de manera muy particular el cubano y el venezolano, al parecer van de algo muy diferente; a tal punto que no acabo de explicarme muy bien en qué se fundamenta, bien la presencia de estos, bien el nombrecito de la muestra. Por ejemplo, el “mapa” trazado/filmado por el representante cubano se circunscribe al céntrico Barrio Chino (¡!), y lo que indica el autor no promete demasiadas disidencias. Ni siquiera en el aspecto artístico.

Explicó a Efe que en su documental le interesaba 'retratar La Habana' y para ello eligió (vaya usted a saber por qué) este Barrio. El resultado fue, según el artista, 'descubrir cosas' del sitio que no conocía, y realizar 'una investigación que me superó, una experiencia rica y completa'.

Asumido esto, y para quien conozca cómo suelen discurrir los “artistas oficiales” (los representantes de la cultura de la “revolución”, que así la llaman), no será un problema suponer qué tipo de “cosas” debió descubrir; en qué supuestos debió basar esa “investigación” que terminó “superándolo”; en qué sentido (y entre qué paredes) pudo producirse esa “superación”; y qué tipo de experiencia puede considerarse allí (sin caer en desgracia) “rica” y “completa”.

Y no es que quiera incordiar, es que el nombre de la exposición plantea un problema. Por definición “disidencia” es la acción y el efecto de disidir o un grave desacuerdo de opiniones. Razón por la cual hay en Cuba centenares de excelentes ciudadanos en las cárceles. ¿Puede entonces conciliarse con esa acepción la idea del evento? Es decir, ¿puede el simple cuestionamiento de “las políticas del espacio urbano, las ordenaciones espaciales, los valores jerárquicos, las identidades sexuales o la política del cuerpo, etc.”, considerarse un acto disidente? Y, sobre todo, ¿puede serlo el hecho de que un artista descubra “cosas” del Barrio Chino?

Allí, donde la disidencia se paga tan cara, la utilización de ese término (del término “disidente”) exige cierta cautela. Si no, se corre el riesgo de aumentar el volumen de esas sustancias subliminales que, como digo al principio, nutren y, especialmente, enmascaran al régimen. No debemos olvidar que en su raíz está la ruptura extrema, pero que en su desinencia lo que se halla es el conservadurismo cínico, que aplica o tolera el término siempre que su significado sea otro, o se aplique en relación con otro. Por ejemplo, las dos “disidencias” más evidentes son, a juzgar por la muestra de Internet, la del mexicano y la del chileno. El primero filma una manifestación del 1º de mayo, con banderas y símbolos comunistas; y el segundo a un señor que decide “hablar mal” de Chile. Eso —la ruptura extrema y adulterar la semántica o aplicarla en perjuicio de otro— son los dos extremos lógicos de un periplo que se ha completado, dejando en el camino no pocas víctimas.

Así que todo sugiere más bien otra cosa. Todo —incluyendo esos videos que sí pueden considerarse “disidentes”— sugiere que, al incluir a La Habana en el itinerario de un proyecto con semejante nombre, España no buscaba un ‘gancho' publicitario, sino un balón de oxígeno, en este caso subliminal, que echarle al régimen cubano. Otro guiño a añadir al catálogo. ¿Qué si no puede indicar el hecho de que los videos “disidentes” presentados disientan sólo de desbarros capitalistas, y lo hagan en lugares donde disentir políticamente no es un delito? ¿Y, claro, que sean bienvenidos en La Habana?

Quizás si el artista isleño, en vez de filmar a chinos que caminan apaciblemente por el Barrio Chino con una banda sonora inocua de cadencias orientales, hubiese filmado, por ejemplo, el barrio El Moro, en la periferia; o los solares donde se hacina gran parte de los habaneros; o aunque sólo hubiese sido la entrada del Combinado del Este donde malviven algunos disidentes reales; sitios, en fin, alejados de la fachada turística y, en consecuencia, alejados de o aplastados por la mano del dios local; quizás entonces su obra sí retrataría realmente a La Habana, hablaría ‘de aquello que generalmente no se muestra' y enseñaría ‘facetas, lugares, rincones, personas, experiencias a las que la gente no presta atención'. Quizás entonces sí mostraría eso que incluso el régimen a veces reconoce pero que, al mismo tiempo, justifica u omite de la imagen que exporta y que es lo que distingue a La Habana. Eso que el turista corriente no percibe, o percibe poco y mal, y que no creo esté precisamente donde lo buscó el artista: su ruina, su hastío y su carencia de horizontes y libertades.

Ahí, en el Barrio Chino, si acaso hay una alegoría. La que simboliza el quehacer de los artistas “oficiales” del régimen; esos que el Ministerio de Cultura suele designar para que representen la cultura de la isla, participen en eventos como éste y expongan sus obras en sitios como la Biblioteca Nacional. Porque “estar en China” parece ser una característica que les es común. O simularlo, que para el caso es lo mismo.

Aunque quizá el cubano, en un arranque de mínima dignidad, lo que quiso —sutil, retorcida, irónicamente— fue reflejar esa situación. Quizá. Los caminos de la “cultura oficial” son inextricables.

(1) A propósito de la exposición audiovisual “Cartografías disidentes”, inaugurada en La Habana el pasado 29/07/2009.

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Abel Germán Díaz Castro, Valencia, España, agosto 22