



DESDE LA CAMA DE PROCRUSTO
Desde hace 50 años Cuba se ha proyectado —y se ha pensado— como un bloque. O, para seguir la imagen del poeta, un lagarto. Pero de granito. O lo que fuese, siempre que se tratase de algo sólido e indivisible. Dicho en castellano simple: parecía que todo el pueblo; toda la cultura; toda la historia, y hasta todo el paisaje, giraban alrededor de la revolución. O, lo que es peor aún, de Fidel Castro.
Rara ilusión. Que Cuba es un país dividido lo probaba ya desde los primeros años, no sólo la imparable sangría migratoria, sino la propia hermética “unanimidad” manifiesta en las asambleas del gobierno y del partido; en las reuniones de base del propio partido y las llamadas organizaciones de masas; en los desfiles; en los discursos de los dirigentes; en la prensa; incluso en la forma pública de opinar de sus ciudadanos simples. Porque toda “unanimidad”, si se mira bien —si se mira con un mínimo de perspicacia—, refleja (contiene, genera) su contrario.
Por lo demás, es la misma ilusión que producen el resto de los totalitarismos, da igual que los hayan fundado Lenin, Mao, Hitler, Kim Il Sung o Fidel. Porque lo cierto es que, ya desde entonces, Cuba era un país profundamente dividido. Sólo que cosido a puntadas con la aguja y el hilo de la represión, entendida ésta no únicamente en el sentido policíaco al uso, sino en el más amplio, ése que incluye también el que le asignan factores subjetivos tales como:
la esperanza;
la imposición de una ética a la medida;
y la alteración semántica del lenguaje que, a su vez, se traduce en la alteración perversa de los valores que describe.
Es decir, los cubanos y quienes apoyaron su proceso revolucionario —al menos al principio—, no veían más allá de la esperanza marxista en la transformación del mundo. Fidel Castro impuso, además de un pensamiento único, una estrategia ética a la medida que conllevó a su vez la alteración de ciertos significados lingüísticos y de símbolos. Patria, cubano, Cuba, moral, deber, bandera, escudo nacional, Himno Nacional, libertad, etc., pasaron a formar parte indisoluble de la familia Revolución y, por tanto, a significar otra cosa que sus acepciones originales; pasaron a ser, por así decirlo, menos genéricos y, en especial, menos flexibles.
La revolución pues fue (y es) en este, y en otros aspectos, un auténtico lecho de Procrusto. Y no regulable, como algunas versiones dicen que era la cama del “estirador”, “avasallador”, “controlador” o “muchos daños” (que todos esos significados tienen en griego antiguo los nombres que se le daban al posadero del Ática). No, la cama de la revolución era (es) rígida, al menos en lo que a “fidelidad” a “Fidel” se refiere.
Y así, hasta hoy, cuando todavía algunos continúan relacionando el régimen cubano con valores humanistas, pese a que, al margen de su discurso, sólo hay un par de elementos sociales en los cuales esos valores parecen tomar algún cuerpo: la educación y la sanidad. Dos factores que, puesto que las escuelas, según la definición del propio régimen, han sido “fábricas de revolucionarios”, se quedan en uno. (El llamado “internacionalismo”, que suelen esgrimir los amigos del régimen como el tercer elemento “humanista”, queda automáticamente descartado: es innegable que éste ha buscado rentabilizarse tanto en la política como en la economía, al ser utilizado para recaudar soporte diplomático, petróleo, otros recursos, financiación y, entre col y col, territorios para intentar expandir su modelo.)
Insisto: esa unanimidad ha sido una rara ilusión. Cuba es, realmente, pese a esa apariencia, un pequeño país desmembrado. Descuartizado en el lecho del Procrusto en Jefe. En virtud de sus estiramientos, avasallamientos y controles, podemos hablar de familias divididas por el mar y la ideología; de matrimonios divididos por guerras ajenas; de individuos divididos espiritualmente por la doble moral que imponen el miedo, la dependencia y, sobre todo, la sobrevivencia… Nos llevaría páginas y páginas enumerar tanto pedazo, tanta división, tanto estrago. Parece casi imposible que país tan pequeño pueda fraccionarse a tal extremo.
Pero me detendré sólo en una de las segmentaciones que, sin ser de las más malignas, resulta en extremo perniciosa: la que marca la geografía. Y cuyo perjuicio inmediato, pero sobre todo perspectivo, puede ser incalculable.
Para explicarnos: según esa dinámica de desintegración, la llamada revolución cubana generó además una triste dualidad de nuestro gentilicio. Ya no sólo hubo “cubanos”, sino “cubanos de dentro” y “cubanos de fuera”. Donde los primeros eran los auténticos y los segundos no existían. O sí, pero en negativo, como “gusanos”. Y si luego se les ha aceptado ha sido entre comillas, y siempre que no pisen ninguna línea roja. Y esto porque llegó un momento en el que, además de que sus remesas ya no podían ser rechazadas por más tiempo, se hizo evidente la aparición en el exilio de una visión atenuada del régimen; una visión concebida, claro, por el menor grado de implicación de los hijos y nietos del exilio histórico; generaciones que nacieron y/o se formaron en el extranjero y que, por lo mismo, no son exactamente de cubanos.
En cualquier caso esta división es importante, pero lo será aún más cuando llegue el todavía hipotético momento del cambio. Porque se supone que entonces cada cubano intentará ocupar un lugar; aportar una idea; colaborar de alguna manera en el diseño de la nueva Cuba. Pero, si partimos de esta experiencia, ¿qué puede aportar el exilio?; ¿qué los cubanos como conjunto, si ni siquiera pudiesen aportar ese conjunto?; ¿es decir, si ni siquiera fuesen capaces de concebirse como tal?
He ahí el intríngulis.
Una solución que provenga sólo del régimen (es decir, que como hasta ahora excluya al resto de los cubanos, vivan o no en la isla), únicamente podrá producir, en el mejor de los casos, una versión reducida, aplatanada, de las variantes rusa y china.
Digámoslo de otro modo: para concebir a Cuba sin la camisa de fuerza del régimen es vital que los cubanos se vean como una unidad dentro de la diversidad. Ontológicamente. Y no para concebir Cuba como imagen. Da igual que pensemos un lagarto, un bloque de granito en el Caribe o, como mi amigo F. L. Viera, una naranja. La unidad debe lograrse sobre el concepto. Sobre la flexibilización del concepto. A partir de la pregunta “Qué es el ser cubano”, no de lo supuestamente cubano, ni de la llamada “cubanía”, adjetivaciones o sustantivaciones que aluden más bien al peligroso nacionalismo —diferenciador y cargado de dobles intenciones— de siempre. O sea, la unidad debe de lograrse en el compromiso.
Porque — ¿para qué complicar lo obvio?— “cubano” es todo aquel que haya nacido en Cuba. Ese sólo hecho existencial hace que sus recuerdos tengan ése y no otro punto de origen; ése y no otro centro en el que se condensa lo que es y que, a fin de cuentas, da sentido (si es que debe tener alguno) al término “patria”. Eso, y no las banderas, los himnos, los políticos, las guerras, las fobias y las filias compartidas. Y mucho menos las estrechas fronteras geográficas, ideológicas o culturales. Lo mejor que nos va dando el siglo XXI parece tenerlo claro.
¿Pero cómo compatibilizar eso (esa amplitud de miras) y la complicidad —nunca del todo inocente— de muchos cubanos con la dictadura? ¿Cómo unir a los que cumplen largas e injustas condenas con sus carceleros? ¿Y cómo justificar el silencio de los que, conociendo la injusticia, prefieren —razones aparte—, mirar para otro lado? ¿Cómo conciliar el “revolucionario puro” —que lo hay— que sigue queriendo ver contenidos “humanistas” en la conducta del régimen y de sus engendros latinoamericanos; cómo conciliarlo, digo, con el preso y con el exiliado político que no pueden ver por lado alguno el humanismo de su condena o de su exilio?
Quizás no haya respuestas para estas preguntas. Pero quizás tampoco sean necesarias. Tal vez baste con que —como escribo dos párrafos más arriba—, se unifique el compromiso respecto de Cuba sobre una única base: la democracia. La democracia con todos sus desafíos.
Y, puesto que el pasado está ahí (todavía como presente), y lo estará aún cuando ya sea sólo pasado; puesto que eso es irremediable, ¿por qué, para empezar, no hojeamos la historia de la transición española?
Y, de paso, tal vez convenga también que revisemos (y unifiquemos) el significado de algunos conceptos. El primero, el concepto de cubano, para, ante todo, eliminar su disparatada dicotomía. Porque —para ilustrar un poco la idea—, no es más cubano el que más utiliza al hablar los localismos de la isla, ni menos el que asume los que se hablan allí a donde ha emigrado. Ni lo es más el que no ha abandonado la isla, ni menos el que sí, hablen como hablen y piensen como piensen. Y es que si los “cubanos-de-fuera” dejasen de ver sólo cómplices de la dictadura en los “cubanos-de-dentro” y estos, a su vez, dejasen de ver a los primeros como la amenaza de unos cubanos disminuidos como tales por la distancia y las culturas de los países de acogida; o sea, si todos se acercasen, con ese espíritu, a las experiencias comunes e intentasen alcanzar juntos (en la isla y fuera de ella) el siglo actual, Cuba lo agradecería. El futuro de Cuba lo agradecería.
No hay otro modo de coser los pedazos dispersos en esa cama de Procrusto donde todavía yacemos, sino con un hilo de, por así decirlo, afinidades diversas. No hay otro modo de lograr una imagen homogénea de la diversidad (no necesariamente de granito) en la que Cuba se formó y en la que, pese a todo, es. La unidad de nación dentro de la libertad. Y si lo hay, yo no lo veo.
