BENEDETTI O EL COMPROMISO EQUIVOCADO

 

 

 

 

 

 

 

 

Es sabido que hay compromisos y compromisos. Pero quizás el de los autores debiera ser, en cualquier caso, un compromiso con su obra y, en última instancia, con valores universales asociados a la libertad y a la verdad, en la medida que eso, la libertad y la verdad, sean humanamente posibles. Mas es evidente que no suele ser así. La vida no tiende a propiciarlo, ni muchos autores aciertan en la elección. Un ejemplo especial lo es, sin duda, y ya para siempre, Mario Benedetti. Un buen hombre y un buen escritor, cuyas aptitudes han sido ponderadas durante muchos años y resumidas ahora con el énfasis propio de los homenajes póstumos, pero tal vez no tanto como sus actitudes políticas.

Sin ánimo de herir susceptibilidades (ni mucho menos de negar el respeto que como escritor y persona me suscita), me detendré no obstante en ese aspecto: en cómo él entendió el controvertido binomio literatura-política. Porque, sí, encierra una gran lección.

Benedetti nació en Paso de los Toros el 14 de septiembre de 1920 y murió el pasado 17 de mayo de 2009 en su casa de Montevideo, dejándonos unos 80 libros —algunos traducidos a más de 20 idiomas — y eso: esta imagen de escritor comprometido políticamente.

Compromiso de larga data. Ya en 1949 aparecieron sus primeros brotes. Pero fue su rápida inserción al proceso de la revolución cubana lo que marcó, de forma definitiva, el color y la calidad de ese compromiso. En 1964 acudió como jurado del Premio Casa de las Américas. Luego presentó la ponencia “Sobre las relaciones entre el hombre de acción y el intelectual" en el Congreso Cultural de La Habana . Y enseguida pasó a formar parte del Consejo de Dirección de Casa de las Américas. En 1968 además creó el Centro de Investigaciones literarias de esa institución y lo dirigió hasta 1971.

¿Debemos inferir de ello que aplaudía las derivas políticas del régimen, incluidas las que Fidel Castro expuso en la conclusión del Congreso de Educación y Cultura y que pueden resumirse en esta frase: “El arte es un arma de la Revolución”; frase lapidaria donde las haya que, en efecto, ha pesado como una lápida sobre el arte cubano de las últimas cinco décadas? ¿Y que aprobaba las represalias contra Heberto Padilla y otros escritores cubanos? ¿y los campos de trabajos forzados de las UMAP? ¿y la discriminación política en las universidades? ¿y los fusilamientos?

Manteniéndose en esta tesitura, se enfrentó al Golpe de Estado del 27 de junio de 1973 en su país; renunció a su cargo en la universidad y abandonó Uruguay vía Buenos Aires . Después llegó a Perú donde fue detenido, deportado y amnistiado. Y en 1976 arribó otra vez a Cuba . Allí se reincorporó al Consejo de Dirección de Casa de las Américas y permaneció cuatro años. De pronto, en 1980 , se trasladó a Palma de Mallorca. Y dos años más tarde comenzó a colaborar, no en el Granma, sino en el diario El País, de España. No obstante, fue entonces cuando el Consejo de Estado de Cuba le otorgó la Orden Félix Varela. En 1983 se traslada de nuevo, no a La Habana, sino a Madrid. Los porqués de este itinerario que lo mantiene alejado geográficamente de Cuba son un misterio. Al menos para mí, que nunca he podido entender cómo los “amigos de Cuba” se las arreglan para aplaudir lo que sucede en Cuba desde las gradas. Todos suelen ir allí de “turistas” pero vivir, lo que se llama vivir en la revolución, eso lo menos posible. Ni siquiera pasan allí sus exilios políticos. Al menos, como es el caso, no todo el tiempo. Por eso sólo puedo limitarme a trazar su mapa.

Es cierto que en la década de los setenta y principio de los ochentas ?etapa “revolucionaria” por definición?, era difícil ser intelectual de izquierdas y, a la vez, objetivo respecto de lo que ocurría en la Isla. Incluso, por inexplicable que parezca, eso no ha cambiado mucho. La revolución cubana aparecía entonces (y, en alguna medida, continúa apareciendo) como el símbolo contemporáneo de la esperanza. Un pecado de perspectiva, sin duda, pero no de fondo. La mayoría de los cubanos lo cometimos.

Lo que vengo a decir es que el pecado capital, por así decirlo, radica en el después. En la actitud sostenida. En el hecho de que no asumiese que —pese al “servicio” que la torpeza de la política de EE UU pueda haberle prestado—, hace mucho tiempo la ideología dejó de ser una coartada suficiente. Ello en el supuesto de que alguna vez lo hubiese sido. Es decir, de que alguna vez determinados fines ideológicos e, inclusive, ciertos logros sociales, puedan haber justificado la represión y la restricción de los derechos humanos.

Y Benedetti, como muchos otros, pecó. Benedetti apoyó de forma inalterable e incondicional a la llamada revolución cubana. Jamás reconoció en Cuba aquello que en Uruguay lo llevó al exilio. Actuó como si aquel “O te vas o te meten preso” que lo sacó de Uruguay, no resonara en toda la Isla como un inconcebible estribillo desde hace cincuenta años, haciendo que escritores como él tengan que abandonar su país como él hizo. Y que lo hagan por un tiempo que supera con mucho el sufrido por él. Tanto que a no pocos les ha tocado morir, no en el país natal (como él), sino en tierras de acogida.

Fernández Retamar, en sus palabras de homenaje a Benedetti en La Habana, citó lo siguiente: Con razón un biógrafo suyo, a propósito de esa expulsión del Perú, pudo decir: "Mario se irá, pues, a Cuba, que sigue siendo su patria política y el lugar donde ocurre la Revolución, a la que se siente ligado por un doble compromiso de admiración y lealtad". —Entre “pecadores” andamos.

Y el propio Benedetti había dicho: "Cuba ha sido siempre una palabra muy importante para mí. Incluso antes de viajar a este país, la revolución cubana fue para muchos uruguayos una alerta, nos sacudió porque vimos la posibilidad de enfrentar de alguna manera esa presión que es política, económica, militar, cultural... de los Estados Unidos".

Esta declaración es particularmente significativa. Devela en qué consiste la columna vertebral del error político-intelectual por excelencia de esa izquierda caducada respecto de esta problemática: tomar a Cuba (a la llamada revolución cubana) como lanzadera para herir a Estados Unidos. No importa que en la maniobra se hieran también las manos de quien la empuña, ni que se destroce a la propia Cuba al ser usada como tal. Lo que importa en esa regla de tres por cuatro es que sirve para “enfrentar de alguna manera esa presión (…) de los Estados Unidos”. Hiela la sangre oírlo.

También lo que dijo el señor Retamar es revelador. En ese contexto la utilización del término lealtad sugiere, obviamente, acatamiento, fe, fidelidad, fanatismo, observancia… sumisión. Términos desalentadores, sobre todo cuando hay que aplicarlos a un hombre que escribe.

Así, por estos días en Cuba se suele destacar (quizá más que a sus valores culturales) la vehemencia con que Benedetti denunció las amenazas del presidente George W. Bush contra Cuba y el llamado 'bloqueo' de EE UU. Lo malo es que del otro lado no se pueda decir que, al mismo tiempo y con igual vehemencia, pidió al régimen cubano que no encarcelase a las personas por escribir (ni siquiera con el pretexto de que EE UU les pagase por hacerlo); que no fusilase; que no acosase a los cubanos que sólo quieren expresarse e informar libremente; que no obligase a la gente a huir del país con esa frase que él escuchó en el suyo y que los agentes de la Policía política de la Isla repiten, con una leve variación, a quienes se les oponen pacíficamente: “O te vas o te metemos preso”.

Algo similar podríamos decir de la complacencia con que recibió la "Condecoración Francisco de Miranda", la más importante que concede el gobierno venezolano por el aporte a la ciencia, la educación y al progreso de los pueblos, de manos de Hugo Chávez (ese extraño híbrido cuyas intenciones antidemocráticas no escapan ni a los menos perspicaces).

"No fue una vida fácil, francamente", dijo recientemente hablando de su vida. Razón de más. ¿Acaso es fácil la vida de tantos intelectuales cubanos que han tenido que escoger entre el servilismo ideológico, la doble moral, la cárcel y el exilio, y han escogido la cárcel y, sobre todo, el exilio? ¿Por qué entonces Benedetti nunca manifestó preocupación alguna por ellos? ¿Por qué ni siquiera intentó comprenderlos, mientras que se manifestaba absolutamente comprensivo con los represores? Cuesta (ya que hablo de comprensión), cuesta comprenderlo.

Y RESUMO…

Aún así la explicación parece ser que Mario Benedetti se comprometió. Y que lo hizo con una idea política que, erróneamente, él encarnó en el acontecimiento socio-político cubano y, últimamente, más allá, en sus supuestos retoños. O sea, que encarnó esa idea en un proyecto fallido. En un régimen totalitario que ni siquiera ha sido capaz de independizar económicamente el país y, mucho menos (razones aparte, puesto que en política las disculpas no valen), de sacarlo de la penuria. Y es una lástima. Porque si hubiese comprendido que toda encarnación de esta naturaleza implica, tarde o temprano, una conjunción imposible —y hasta perversa—, ahora estaríamos hablando, no de un buen escritor y de un buen hombre que eligió mal su compromiso, sino de un santo.

 

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Abel Germán Díaz Castro, Valencia, España, junio 15