EL DIABLO NO HUELE A AZUFRE

 

 

Por Abel German, abril 16

Hoy nadie cuestiona que el Reino de España, cuya forma de gobierno es la monarquía constitucional, es un país capitalista. Y democrático en el sentido “capitalista” del término. Y, por tanto, que se trata de uno de esos países que, según el auto santificado régimen cubano, huele a azufre.

En ese sentido —es decir, estableciendo el clásico contraste paraíso-infierno—, es que dicho régimen intenta resaltar las llamadas “conquistas de la Revolución”. Cacareadas hasta la extenuación, se han enarbolado y se enarbolan con grandes alharacas, con lo que aún hoy continúan sembrando la duda. Una de las más señaladas, como se sabe, es LA SANIDAD. Acápite sobre el que durante estos ocho años que he vivido en España he reflexionado con particular atención.

¿Por qué? Porque viajé a España con mi anciana mamá y yo mismo ya no puedo hacer alarde de juventud, de modo que he tenido que utilizar varias veces sus servicios. Los

servicios de la sanidad española, quiero decir.
¿Y con qué me he encontrado? Pues precisamente (y he aquí lo insólito) con todo aquello que, en ese particular, se soñaba en mi país para mi país con su Revolución Socialista. O sea, con esa “conquista” geográfica y políticamente transpuesta.

Ahora podría extenderme en un inventario de virtudes para exaltar, en detrimento de sus debilidades —que las tiene—, sus valores. Me refiero, claro, a los valores de la sanidad española (mejor dicho: de la, y lo subrayo, sanidad capitalista española,). Pero no voy a ceder a la tentación. Creo que es suficiente con que diga que llegué a la Península con visa de turista hace ocho años y que solicité un asilo político que tardó casi siete en llegarme. Con esto debe bastar para que se entienda lo imprescindible; a saber, que durante mucho tiempo mi mamá y yo vivimos sin permiso de residencia y trabajo. O sea, indocumentados.

Una vez conocido este dato sólo necesito incorporar los siguientes: En ese largo período la sanidad capitalista española salvó el único ojo que mi mamá conservaba, pues el otro lo había perdido en Cuba, justo poco antes de salir, precisamente por falta de atención de la sanidad socialista cubana, esa “conquista”. Yo mismo fui operado de los dos ojos. Y ambos desde entonces hemos recibido un seguimiento médico altamente profesional y sistemático. Todo esto, hasta que me fue posible comenzar a cotizar a la Seguridad Social, de forma gratuita.

Pero lo advierto: no intento hacer comparaciones. Lo que quiero es destacar simplemente una conclusión general que plantearé a modo de pregunta. Siguiendo la metáfora del principio: un país que actúa de este modo ¿puede oler a azufre?

Por el camino de su todavía joven (apenas la mitad del tiempo que dura el experimento dictatorial cubano) y siempre capitalista democracia, España ha llegado a concebir, entre otras cosas, una sanidad humana, generosa y tecnológicamente moderna. Una sanidad que —más allá de las manchas burocráticas, de los dimes y diretes políticos y de los proverbiales egoísmos e insatisfacciones que son inherentes a las sociedades humanas— contrasta para bien, y mucho, con la que el régimen cubano presenta como modelo.

Y lo hace, no por su nivel de desarrollo, que también, sino por su base. La sanidad española se sustenta sin más en las contribuciones que, en correspondencia con sus ingresos, los trabajadores realizan a las arcas de la Seguridad Social.

La cubana, en cambio, parte, furtivamente, del trabajo mal remunerado de su masa útil y de los exorbitantes precios en todos los productos básicos que gravan como impuestos descabellados la vida de los ciudadanos; menos furtivamente, de los subsidios foráneos, antes de la URSS y actualmente de Venezuela, con que el régimen siempre ha contado; y, sobre todo, y ya sin tapujos, de las privaciones, las represiones y las humillaciones que el pueblo (tanto el que vive en la isla como el que ha tenido que exiliarse) viene padeciendo desde los ya lejanos sesentas del siglo pasado. Y todo con una notable intención propagandística que, si se observa atentamente, termina por disolver su auténtico sentido.

Esto parece confirmar una curiosa antítesis: que muchos de los sueños de la utopía comunista son viables precisamente por la vía opuesta; la vía capitalista. Es más, que quizás no haya otro modo. Al menos parece ser así siempre que el capitalismo avanza por la vía correcta, sin desviarse hacia determinismos y extremos globalizadores y/o liberalizadores que siempre terminan por deshumanizarlo.

Dicho de otra manera: para conseguir fines sociales tan básicos como una sanidad adecuada no es estrictamente necesario pasar por, y mucho menos quedarse en el infierno que vive la isla caribeña desde hace casi medio siglo. ¡España lo ha hecho en apenas la mitad de ese tiempo de democracia!

Hay que saber discernir pues de dónde brota realmente el olor a azufre.

Abel German es natural de Morón, Camaguey, en 1951). Escritor y periodista. Ha publicado “El día siguiente de mi infancia” (Editorial Letras Cubanas); “Cubo de Rucbick” (Editorial Unión) y “Curiosidades” (Ediciones Extramuros). También poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas, así como en antologías de México y Cuba.

Miembro de la Agencia de prensa independiente “Cuba Press” desde su fundación como editor y articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free Press, Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana. Actualmente se encuentra exiliado en España.

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